Uno
de los principales cambios al volver a la U es tener que adaptar horarios para salir más
temprano de la oficina y llegar a tiempo a clase (o al menos eso intento).
Como no tengo
carro, y desconocía las rutas disponibles para llegar a la universidad, los primeros días
llegué MUY tarde a clase. Después de intentar buses, colectivos, trasbordos, caminatas
y costosas carreras en taxi, finalmente descubrí lo que más temía: quisiera, o
no quisiera, iba a tener que empezar a ser usuaria frecuente del “maravilloso”
Sistema Integrado de Transporte Público SITP y del TransMilenio.
Supongo que así
debe ser cuando quedas atrapado en la jungla, o perdido en el desierto:
Empezar a adaptarte
a lo que hay, aprovechar lo que ofrece el medio, e intentar sobrevivir con
dignidad.
DÍA 1, miércoles
Como en la
Internet los mapas de las rutas no los entiende nadie, decidí aventurarme a
esperar en el primer paradero que encontré.
El bus pasó
rápido, y aunque no había asientos disponibles, no me tocó apretujada como una
sardina.
.... Esto no
parece tan malo como dicen...
DÍA 2, jueves
Hoy el bus pasó absolutamente repleto. Apenas se detuvo en el
paradero, una horda desesperada se abalanzó como si no hubiese un mañana. En la
mitad del recorrido, el señor motorista hizo un frenazo tal que todos los
pasajeros le hicimos la venia al semáforo, y me pegué muy duro en el brazo.
... Esto me empieza a caer mal....
DÍA 3, viernes
Mismo bus repleto, misma horda desesperada.
Empiezo a pensar que el feminismo es muy malo, y añoro
aquellos tiempos en que los caballeros le cedían el puesto a las damas
desvalidas que van todas entaconadas después de un largo día de trabajo,
cargando una cartera que pesa una tonelada.
Llego a la conclusión que tanto me temía: este servicio no es
malo, es perverso.... Mañana cambio de paradero y de ruta y ruego al Cielo para
poder ahorrar y comprarme el auto volador que lanzará en 2017 una compañía
eslovaca.... Si es que de aquí a allá no nos hemos enloquecido todos los
bogotanos.
